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Oaxaca; el punto ontológico de la contingencia
Casi todos en Oaxaca saben bien de años que se negocia chantajeando. No en balde se trata por excelencia de la tierra del caciquismo, más aparte el mezcal y el mole, mismo que correrá si no hay prudencia, pues prudencia es hacerse a un lado cuando hay viene el tren.
Según reproducciones de La Jornada, algunos comunicados del EPR están planteando la cosa como que si no cae el gobernador Ulises Ruiz, entonces lo que viene es la Lucha de Clases (con altas). Uno de los problemas del radicalismo es que supone que el programa es negociable, cuando si hay algo irrenunciable es el programa, y no la cabeza de tal o cual gobernador, aquí y ahora. En realidad, el discurso rupturista del radicalismo oaxaqueño, no es y no ha sido sino una válvula de escape al constitucionalismo por la vía de la disolución de poderes y la sempiterna posibilidad de la Asamblea Constituyente. ¿Cómo? Desde arriba, en el Congreso, a través de un gobierno transitorio que llame a nuevas elecciones estatales. La Reforma (plebiscito, segunda vuelta, registro de candidatos “independientes”.
Los movimientos sociales no hacen sino expresar en forma de “sujeto” los tropiezos de la reproducción capitalista en el mismo momento de la transformación de los valores en precios. La puesta a tiempo del mercado desde su lado de la demanda (ahora tenemos que tragar café quemado, por un descuido aquí en el texto que nos cegó olfato y oído por un largo momento –el café se regocijaba en las temperaturas del infierno como si ese fuese su medio (Mario Santiago dando de brincos en la matatena del vicio)-- Y así, abrir paréntesis al infinito, cosa que es un modo.
Cuando Zizek señala la necesidad de construir una tercera vía distante de las instituciones estatales y de los movimientos sociales, está dando en el clavo. Los movimientos sociales son la conciencia a posteriori de los desajustes de la reproducción capitalista, y al concebirse como sujetos no dejan de refundar el YO, pese a ser éste un nosotros, o sea, un colectivo. El YO cooperativo, asociacionista, de las cartas del cartismo, que sustituyó en el mundo moderno, reformista, al viejo Estado absolutista por mecanismos de mercado. De ahí que el “punto de vista” de los “movimientos sociales” consista en no tener un punto de vista. Es el aquí y el ahora la existencia o, como dice Jameson, el punto ontológico de la contingencia.
La concentración internacional de capitales y la “supranacionalidad”
Ernest Mandel
Desde hace mucho tiempo se ha convertido en un lugar común decir que el desarrollo de las fuerzas productivas ha rebasado el marco del estado nacional en el continente europeo. Los cárteles y los holdings internacionales extienden constantemente su control sobre importantes sectores de la economía europea. La industria alemana –-para mencionar solamente el ejemplo más notable— no puede ya sobrevivir dentro de los límites del Estado alemán tradicional. La industria alemana es esencialmente expansionista, hecho que se demuestra cuando dicha expansión se desarrolla por la vía belicosa de la conquista del este, como ocurrió durante el curso de las dos guerras mundiales, como cuando lo hace por la vía de la conquista comercial “pacífica” del occidente, vía que eligió al término de la Segunda Guerra Mundial en ocasión del cambio de la relación de fuerzas políticas y militares en Europa. En este sentido puede afirmarse, incluso, que la evolución hacia la unificación económica de Europa occidental, a través del Mercado Común, es el resultado de una concentración capitalista a escala internacional: de la tentativa del capitalismo de conciliar el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y del nivel de concentración monopolista, con la sobrevivencia del Estado nacional. La creación de una zona más amplia en el interior de la cual puedan circular libremente mercancías, capitales y mano de obra, evita a la industria gran parte de los obstáculos que, en el periodo entre las dos guerras, habían impuesto los trusts maltusianos, las barreras aduanales y el estrecho nacionalismo económico.
Pero el Mercado Común no solamente es el resultado de dicha concentración de capitales, sino también es el motor para una nueva fase en el proceso de concentración de capitales dentro de Europa y fuera de ella. La mayor parte de las grandes empresas de Europa occidental trabajan esencialmente para abastecer las necesidades de sus mercados nacionales; sus exportaciones raras veces rebasan el 35 por ciento de su producción. Naturalmente existen algunas excepciones, como la industria siderúrgica belga o luxemburguesa y el trust Philips de Holanda. Pero la regla general se cumple en las principales ramas de la industria de transformación, incluidos los sectores de la gran industria pesada y los de los bienes de consumo duradero.
Durante los diez años de rápida expansión económica que se iniciaron, para Europa occidental, con el auge de la guerra de Corea, el problema de la dimensión relativa de las unidades de producción no se plantea verdaderamente. La demanda crecía casi siempre a un ritmo mayor que la oferta y, en consecuencia, no existía una competencia encarnizada. Por esto es que durante la primera fase del Mercado Común, es decir, entre los años de 1958 y 1962, no tuvo lugar un proceso de drástica concentración, ni se aceleró el desarrollo de las prácticas de cartelización. Es cierto que las asociaciones patronales introdujeron en todos los sectores industriales ententes comerciales comparables a las de los carteles
; pero dadas las condiciones económicas generales, no se inclinaban a tomar medidas como las de repartición de los mercados o la limitación de la producción.
El año de 1962 parece marcar la línea divisoria entre esta primera fase de euforia general y la fase siguiente en el desarrollo del Mercado Común, donde los problemas comenzaron a plantearse. Durante el curso del auge general, la capacidad productiva había comenzado a superar claramente a la demanda solvente en toda una serie de sectores claves, como lo señalamos desde 1963.
La capacidad productiva excedente apareció y la competencia se hizo más feroz. En consecuencia, las racionalizaciones y concentraciones se intensificaron, y, como era lógico, la concentración capitalista se orientó hacia la creación de unidades de producción y de empresas adaptadas, ya no a las dimensiones de tal o cual mercado nacional, sino a las dimensiones del Mercado Común en su conjunto.
Las tres formas de la concentración capitalista
Teóricamente eran posibles tres formas de concentración de capitales y, en realidad, las tres se han manifestado en el Mercado Común.
La primera de dichas concentraciones de capitales se ha realizado a través de la fusión de las empresas nacionales existentes. Los ejemplos más espectaculares a este respecto habidos hasta el presente son: en Italia la fusión de los trusts químicos más grandes, Edison y Montecatini; en Francia, la fusión de Kuhlmann y Ugine; y, en Alemania, el acuerdo de estrecha cooperación entre dos de los principales trusts automovilísticos: Volkswagen y Daimler-Benz.
El segundo tipo es el de la fusión (aunque en la mayor parte de los casos sería más apropiado hablar de absorción) de las sociedades nacionales de diferentes países del Mercado Común con grandes sociedades estadounidenses: absorción de la Máquinas Bull y Olivetti por la General Eléctric; compra (recientemente anunciada, aunque aún no confirmada) de las acciones de la familia Agnelli que detentaba la mayoría de las acciones de la Fiat, por el trust estadounidense General Motors.
El tercer tipo corresponde a la fusión de las sociedades nacionales de diferentes países del Mercado Común en nuevas unidades donde el capital nacional ya no es predominante, sino que es más o menos igual y se halla repartido entre dos, tres o más países de Europa occidental (y en algunos casos incluso entre la mayor parte de los países de Europa occidental, con participación británica, suiza, sueca, y aun española). Los ejemplos más significativos de este tipo de fusiones han sido: la fusión de los dos trust de equipo y material fotográfico más importante de Europa: el trust belga Gevaert y el trust alemán-occidental Agfa; la fusión del trust siderúrgico holandés Hoogovens Ijmuiden y los trust alemanes Dortmund Hörder-Hütten-Union y Hoesch; la fusión de los grupos financieros Schneider y Empain de Francia y Bélgica respectivamente; el acuerdo de colaboración estrecha concertado entre el trust químico más grande de Francia, Rhôme-Poulenc, y el trust alemán Bayer, etc.
La penetración de los capitales estadounidenses en el interior del Mercado Común, ya sea bajo las nuevas filiales directas de las sociedades estadounidenses o por la fusión con unidades europeas preexistentes –o por su absorción--, representa, en último análisis, un medio para sustraer una parte del mercado europeo a la explotación por parte del capital europeo (con la excepción de los casos en que se trata de una introducción de nuevos productos al mercado y solamente en la medida en que esto no implique automáticamente una reducción en el mercado para los productos europeos.). Sería poco realista suponer que los capitales europeos no opondrán ninguna resistencia a este proceso: Dado que en realidad se trata de un proceso de intensificación de la competencia capitalista internacional, la asociación de las sociedades europeas y estadounidenses significa, en el 99 por ciento de los casos, una derrota del capital europeo, derrota que es resultado de esa competencia. Difícilmente puede pensarse que los capitalistas europeos aceptarán esta derrota como algo inevitable y que no tratará de defenderse siquiera. Por otra parte, hay tres razones por las cuales el movimiento de integración financiera e industrial no puede revestir únicamente la forma de fusiones entre sociedades y unidades productivas nacionales ya existentes, sino que más bien tendrá lugar a través del establecimiento de nuevas compañías y unidades productivas surgidas de la interpenetración internacional de los capitales.
En primer lugar, en ciertas industrias, son tales el monto de los desembolsos de capital y los riesgos derivados de la obsolescencia tecnológica antes de que el capital invertido haya sido depreciado --para no decir antes de que haya sido valorizado— que cualquier desarrollo ulterior en estas ramas se hace imposible en una escala nacional. Dos ejemplos sobresalientes de este fenómeno son: el de la industria aeronáutica, que sólo ha logrado mantenerse al nivel de las posibilidades tecnológicas conjugando los esfuerzos comunes de empresas francobritánicas (la Concorde por ejemplo), y el de la industria espacial en donde el único proyecto realista (ELDO) supone la cooperación de todas las potencias capitalistas europeas. Y se ha comprobado que es imposible desarrollar la industria nuclear sobre la base de la empresa privada y del estado nacional, bien conocidos y estudiados por los marxistas desde principios de siglo.
En segundo lugar, la competencia acrecentada, y, particularmente la confrontación con la industria estadounidense, imponen al capitalismo europeo un ritmo forzado en el dominio de la innovación tecnológica, ritmo que los grupos financieros nacionales tradicionales no podrían mantener. Los desembolsos de capitales y los riesgos se han hecho tan elevados que una decisión errónea podía absorber la totalidad de las reservas de holdings o de bancos de inversión de los más importantes. El principio de la división de los riesgos y de la reducción de los costos generales conduce lógicamente a la idea de la integración internacional, tendencia que a su vez se ve estimulada por la práctica de las consultas comunes con relación a los principales problemas concernientes a cada industria, costumbre que se estableció firmemente durante los primeros años del Mercado Común.
En tercer lugar, y siempre con vistas de no quedarse atrás en relación con los monopolios gigantes de los Estados Unidos, se hace indispensable establecer en el cuadro del Mercado Común unidades industriales y financieras de dimensiones tales que superan los recursos de los más poderosos trust nacionales. En el dominio de la competencia internacional, el capitalismo estadounidense continúa beneficiándose de las inmensas ventajas derivadas de las economías de escala. Para neutralizar estas ventajas sería necesario que las principales empresas y unidades industriales del Mercado Común duplicaran o triplicaran sus dimensiones en el curso de unos cuantos años. En esta situación, la solución más evidente es una vez más, la fusión de las empresas de diferentes nacionalidades.
El poder nacional y “supranacional” del Estado
Si se atiende uno a la letra del Tratado de Roma, el Mercado Común es formalmente una zona de libre cambio protegida por tarifas externas comunes: El precedente histórico que viene a la mente es el de la Zolverein alemana de 1867, que también contaba con su propio parlamento, electo por sufragio indirecto, y que representó la etapa en la constitución de un Reich alemán unificado. En sí mismo, el Mercado Común no es otra cosa que un medio para facilitar la expansión comercial; las repercusiones que produce sobre las economías nacionales todavía no han rebasado este límite. Por otra parte, ni el nivel de los precios, ni las tendencias generales del desarrollo económico, ni la localización de las industrias han sido remodelados como resultado de la aparición de las instituciones del Mercado Común. Pero el desarrollo de las interpenetraciones internacionales de capitales, en los seis países miembros, ha desencadenado fuerzas nuevas y formidables que pueden cambiar completamente la situación. En consecuencia es necesario señalar los cambios cualitativos que generará en dos campos importantes la aceleración de la concentración internacional de capitales.
Actualmente, el Estado es concebido como el principal instrumento del poder de la clase burguesa: no sólo en relación a la defensa de la propiedad privada contra las clases trabajadoras, sino también como medio para tratar de garantizar las ganancias monopólicas frente a la amenaza de crisis económicas graves. Mientras el capital invertido en la industria es principalmente nacional, el Estado continúa siendo esencialmente el instrumento de la clase capitalista nativa. Cuando los capitales invertidos en un país son esencialmente extranjeros, se trata de un país semicolonial donde el Estado defiende en gran medida los intereses de los inversionistas extranjeros. Pero ¿cuál sería la situación si las industrias y bancos más importantes de los seis países del Mercado Común no pertenecieran ni a los capitalistas nacionales, ni a los capitalistas extranjeros, sino a una amalgama de capitalistas de los seis países?
No existe duda alguna de que, desde el punto de vista de la lógica burguesa, el Estado se convertiría entonces en el instrumento del conjunto de esos capitalistas. ¿Pero sería posible defender eficazmente los intereses de los capitalistas germano-franco-italiano-holandeses amalgamados en el marco, por ejemplo, del Estado italiano o en el marco del holandés? Es evidente que no. Para decirlo más claramente, una recesión que amenazara degenerar en una gran crisis grave para los seis países no podría ser enfrentada tan sólo con medidas monetarias, fiscales y económicas del Estado italiano u holandés únicamente. Esto sólo podría ser encarado –en la medida en que las condiciones económicas mundiales hicieran posible todavía esa solución temporal— a través de políticas monetarias, fiscales y económicas comunes a los seis países. O en otros términos: el acrecentamiento de la interpenetración de capitales en el seno del Mercado Mundial , la aparición de las grandes amalgamas bancarias e industriales que ya no son esencialmente propiedad de una clase poseedora nacional, constituyen la infraestructura propicia para la aparición de organismos estatales supranacionales en el Mercado Común. Cuanto más se acentúa la interpenetración de los capitales, mayor es la tendencia de los seis Estados nacionales a transferir ciertos poderes a las instituciones supranacionales del Mercado Común.
Por otra parte, cuanto más libremente circulen las mercancías, los capitales y la mano de obra, entre los países del Mercado Común, en mayor medida tenderán a establecerse las industrias lo más cerca posible de la principal concentración de consumidores (o de los puertos donde partan las exportaciones). La preponderancia del núcleo industrial del Mercado Común –grosso modo, el triángulo París-Amsterdam-Dortmund— tenderá a acentuarse. Como resultado de esta tendencia, podrían producirse transferencias industriales masivas, a las que se agregarían los desplazamientos determinados por ciertos cambios tecnológicos y por la modificación de las fuentes de aprovisionamiento de materias primas (como por ejemplo, la tendencia actual a establecer la industria siderúrgica cerca de las costas). El gran trust químico alemán Badische Anilin ha anunciado su intención de transferir su fábrica principal, incluidos los consejos de dirección, de Ludwigshafen a Amberes, lugar donde los trusts químicos mundiales construyen en la actualidad amplias instalaciones destinadas a enfrentarse a las necesidades de los países del Mercado Común. Asimismo, los barones de la industria del acero del Ruhr acarician la idea de un desplazamiento masivo de la industria siderúrgica de Alemania occidental hacia la costa holandesa.
En el curso de los primeros años, las alianzas comerciales y las asociaciones al nivel del Mercado Común eran realizadas a un promedio de un millar por año. Un anuario que censaba a todas las asociaciones patronales y a las alianzas comerciales creadas en el cuadro del Mercado Común desde 1958 tiene 515 páginas. Los acuerdos bilaterales de exclusividad comercial entre diferentes firmas del Mercado Común han sido anunciados en 36 000 casos.
Véase el artículo sobre “La economía del neocapitalismo” publicado en este libro.